Búsqueda personalizada
Aquí encontraréis comentarios de los restaurantes que vamos visitando. Incluímos una valoración de diferentes aspectos de cada restaurante que visitamos, una vez calculada la media de las valoraciones de los asistentes a la cena. Los aspectos que valoramos son :

1) calidad/originalidad/presentación de los platos

2) profesionalidad/rapidez del servicio

3) confort (decoración, ambientación, temperatura...)

4) relación calidad/precio

5) valoración final, media de los 4 apartados anteriores

Las valoraciones irán desde el 0 (no vayáis) al 20 (imprescindible).

Evidentemente, valoramos en función de nuestra experiencia y de una única visita, y por tanto podréis encontrar opiniones diferentes de la nuestra.

Ojalá nuestros comentarios y sugerencias os sean útiles.
__________________________________________________

23/07/2010

Valuart


Llega Junio y nuestros pasos nos encaminan a Valuart (Calle Tuset, nº3), restaurante situado en la parte alta de la Ciudad Condal, y del cual parece que podemos esperar bastante. Casi todos llegamos temprano, aparcamos bien (dentro de las posibilidades que ofrece esta población de peaje en que se ha convertido Barcelona) y mientras accedemos al local nos encontramos con el coche de Josep y Anna, que llegan los últimos confiando en el anunciado servicio de aparcacoches, pero éste brilla por su ausencia, y sólo tras esperar un largo rato con las ruedas encima de la acera, aparece alguien que los acompaña hasta un parking cercano.
Valuart se presenta como un multiespacio compuesto por una moderna zona de copas y una sala que sirve tanto como discoteca como para albergar el restaurante. Es uno de esos productos híbridos fruto de los tiempos actuales, en los cuales se ha intentado añadir un restaurante de cierto nivel a un local pensado para ofrecer diversión al más puro estilo adolescente. Aunque para ser justos, creemos que esta segunda es la finalidad real del local, y lo de la restauración es un añadido posterior. En la planta superior se ubica la coctelería; el restaurante, al cual se accede descendiendo una breve escalera, se muestra como un salón de buenas dimensiones, claramente diseñado para otros fines que no son el disfrutar de un buen comida; resulta oscuro, en realidad decorado y pintado de negro, lleno de espejos, y con las mesas dispuestas de forma un tanto descuidada. Los manteles negros y las sillas del mismo color no contribuyen precisamente a dotar de alegría a la sala, y todo junto transpira un aire en exceso barroco. Tampoco nos parece que se haya acertado con la iluminación. Escasa, mal distribuida y mayoritariamente procedente de lámparas tipo ojo de pez que han visto tiempos mejores que los actuales. Y aunque no influye en nuestra apreciación del local, cabe señalar como anécdota que hasta los lavabos están alicatados con azulejos negros, decorados con unas enormes cómodas negras, e incluso los inodoros son del mismo color. El ruido no constituye una molestia, ya que está prácticamente vacío, pero la música ambiental se encarga de sustituir esa carencia, y, a partir de las 23h, pese a seguir casi vacío, esa misma música se hace notar de modo un tanto molesto. Los cubiertos, la cristalería y la vajilla son normales, nada especial, pero cubren el expediente.
La carta, de diseño muy original, resulta muy completa, ofrece platos de complicada elaboración, con base de cocina catalana, muchos toques internacionales y multitud de detalles exclusivos de cocina francesa, y a priori se hace difícil la elección. No así la carta de vinos, que es muy corta -aunque a precios ajustados-, y más cuando nos avisan que faltan muchas de las variedades en ella ofertadas. Solicitamos un Terras Gauda de Rías Baixas, excelente vino, muy representativo de esa bella región gallega, en el cual se combinan en perfecta proporción albariño, loureiro y caiño blanco. Nos sirven la primera copa, y comprobamos con satisfacción que el vino ha llegado a mesa muy bien de temperatura y en perfectas condiciones de conservación.
El servicio es rápido, pero ahí acaban sus virtudes reseñables. No nos presentan los platos, así que no podemos valorar su nivel del conocimiento de lo que se llevan entre manos. Tampoco nos prestan demasiada atención, de tal modo que después de esa primera copa, debemos reponer el vino por nuestra cuenta. Y, desde luego, en ningún momento se muestra próximo ni especialmente simpático. Van por faena, y punto.

Como aperitivo nos sirven un quiche de espárragos con queso de oveja, que solo podemos definir como vulgar: poco logrado y algo pesado. Los primeros platos llegan con rapidez y la cosa empieza muy bien, ya que predomina la buena presentación en todos y cada uno de ellos y las cantidades resultan más que correctas. Sin embargo, la cocina presentará muchos altibajos; hay ideas, originalidad y se aprecian las materias primas de buena calidad, pero la mayoría de los platos carecen de esa chispa que distingue a los grandes chefs. Es justo destacar unos grandísimos canelones de pato y ceps, con suave salsa de foie y una acertada brunoise de manzana caramelizada.


Muy sabrosos y logrados, el mejor de los primeros, sin duda. Los raviolis de butifarra de perol con langostinos y cremoso de nécoras que habían despertado una enorme expectación, prometen más de lo que ofrecen; nos ha tentado a varios, pero nos desilusiona el escaso sabor que muestra el plato. Tampoco nos maravilla el arroz cremoso con ceps, cigalas y crujiente de parmesano.


Aunque el arroz está perfectamente cocinado y el olor que asciende el plato nos hace salivar, tampoco consigue convencernos, ya que no se ha logrado que la gramínea absorba tan ricos sabores, y nos parece un poco soso.

Los segundos siguen en la misma línea. Nos decantamos mayoritariamente por la oferta marina, morro de bacalao con parmentier de jabugo, ceps y espinacas salteadas a la catalana.


Nada excepcional, bien desalado el bacalao, pero predominando el sabor de las espinacas que se sobrepone al del jamón y los hongos. Rape con trompetas de la muerte, jugo de rustido y polvo de pistacho, y una bonita decoración en forma de pincelada de olivada al cacao.


El rape está algo crudo, y la combinación tampoco resulta demasiado acertada, vuelve a predominar el sabor del jugo sobre el conjunto y apenas se perciban el resto de matices. Normalito. Mucho mejor una sobreposición (¿?) de atún cocinado en sartén (poêle) con foie, salsa miso y una excelente reducción de vinagre balsámico.


Muy bien cocinado el atún, en su punto, y óptima combinación, el mejor segundo, sin duda.
La excepción a los pescados es Josep, que pide un solomillo de buey con gratín dauphinois, foie, ceps y reducción de Pedro Ximénez.


Tierna y jugosa la carne, muy sabroso y correcto en general.

Nos traen la carta de postres, y la larga lista de ingredientes que compone cada postre nos hace pensar que se han buscado complicadas y sabrosas combinaciones, pero, al final, como durante toda la cena, habrá un poco de todo. Resulta soberbio un sablée de cremoso de limón, merengue italiano, frutos rojos y sorbete de mango.


Buena combinación de dulce y ácido, que no resulta empalagoso en absoluto y nos gusta mucho. También resulta muy bueno un bizcocho con chocolate, cremoso de vainilla, yogur griego, sorbete de cítricos y un toque de violetas con baño brillante.


En cambio, el tocinillo de cielo con crumble de cacao y limón confitado, resulta dulce en exceso y pesado.


Mal resultado el obtenido con este último postre.

No hay petit fours y el café resulta simplemente correcto. Ante el anuncio de una inminente reconversión de la sala en discoteca, solicitamos la cuenta, y ésta resulta lo mejor de la noche, 54 euros por persona. A nuestro parecer, no es suficiente para que apruebe, pero mejora algo la impresión producida, ya que ese precio “casi” se corresponde con la cena con que nos acaban de obsequiar. Para completar una noche bastante frustrante, el camarero nos advierte en tono casi obsequioso que va a contar el dinero en la mesa, si no nos importa. Bueno, quizás una vez metamorfoseado en discoteca ese tipo de comportamiento sea necesario, pero nosotros sólo podemos calificarlo de deplorable para un restaurante que pretenda ostentar cierto nivel. Lo cierto es que de nuestra visita a Valuart solo podemos salvar dos o tres platos y el precio bastante ajustado, pero en ningún modo podemos recomendarlo a gastrónomos selectivos, ni a los simplemente curiosos. Sin llegar a espeluznante, sólo es uno de tantos restaurantes de Barcelona, y creemos que hay sitios donde, por un precio parecido, se puede disfrutar de una cocina más sabrosa, un mejor servicio, y, desde luego, un ambiente más adecuado para disfrutar de un buen ágape. Advertidos quedan.


Calidad/originalidad/presentación de los platos : 11/20
Profesionalidad/rapidez del servicio : 7/20
Confort (decoración, ambientación, temperatura...) : 5/20
Relación calidad/precio : 10/20
Valoración : 8/20

11/07/2010

Icho


Una de las visitas más postergadas es la que debíamos a Icho (Deu i Mata, 69-95), el excelente restaurante japonés situado detrás de la Illa, y hemos decidido saldar nuestra deuda en este lluvioso mes de Mayo. Como el tema del aparcamiento en la zona resulta harto complicado, nuestra llegada se produce de forma muy escalonada, y según vamos entrando nos conducen a una original sala de espera en una banda del local, sala que disfruta de unas vistas a la cocina cual si de un inmenso acuario se tratase, donde, mientras degustamos una copa de buen cava, nos quedamos absortos contemplando la organización, rapidez y eficiencia con que se ejecuta un plato tras otro. Icho es un restaurante dispuesto en dos salas, la primera, por la cual se accede, evoca una moderna y lujosa cafetería, dotada de una coqueta barra con taburetes donde se pueden saborear las delicias procedentes de la cocina; la segunda sala, elegantemente decorada –pero al mismo tiempo haciendo gala de una gran sobriedad- , muestra predominio de tonos blancos y ricas maderas, destacando los originales techos de este mismo material, los grandes cortinajes y los tonos claros de las paredes, un diez en interiorismo. Se constituye en un comedor amplio, muy cómodo, bien ambientado y pensado de forma que el sonido queda absorbido pese a estar casi lleno. La mesa donde nos acomodan muestra una buena presentación, con bonita mantelería, vajilla original y a tono con el local, y buena cristalería de Spiegelau. Como buen japonés, nos encontramos con palillos sustituyendo a los occidentales cuchillos y tenedores, pero nos manifestamos absolutamente incapaces de manejarnos con tales utensilios. Con cierta envidia, contemplamos la destreza con que otros comensales utilizan dichos palillos, y, resignadamente, solicitamos que nos traigan una cubertería tradicional, que resulta ser de lo más bonita y moderna. Están preparados para todo, vaya.
Nos presentan una carta que, como ya sabíamos, ofrece una cocina de fusión, básicamente japonesa, pero con muchos guiños a la cocina occidental que la hace más asequible a paladares conservadores. Como dice la web de Icho, sin falsa modestia, se anuncia “una propuesta gastronómica tradicional e innovadora, capaz de integrar con sorprendente naturalidad, la esencia del arte culinario nipón y el espíritu del Mediterráneo”. Se ofrece desde el clásico sushi –aunque en Icho parece pertenecer a una mejor dimensión-, hasta un cochinillo confitado al aroma de romero, acompañado, eso sí, de crema de calabaza japonesa. Muchas propuestas, y dos menús degustación bien pensados, que permiten probar un buen número de clásicos del local a un precio que, aunque a priori parece algo elevado, quedará justificado por el alto nivel de la cocina, la excelente materia prima utilizada, la imaginación en las combinaciones y el magnífico local. Nos decantamos por un tentador menú que se oferta a 55 euros, y nos preparamos para disfrutar.
El servicio es rápido, muy profesional, distante al mismo tiempo, sin intentar establecer complicidad ni empatía con nosotros en ningún momento. Presentan los sucesivos platos con rapidez, demostrando que han memorizado bien el guión, aunque, como explicamos a continuación, cometerán un par de errores poco acordes al nivel ofrecido. La carta de vinos es inmensa, ofrece muchas referencias a precios algo subidos, y nos llama la atención un Quinta Apolonia de Belondrade, que, para nuestra desgracia, solo existe en la carta. Como sustituto, nos recomiendan un Mengoba de Bierzo (22 euros), con base de Godello y Doña Blanca, que nos resulta del todo sorprendente, nos encanta, un blanco que nos parece redondo y muy recomendable. Nos gusta tanto que pedimos una segunda botella, pero parece que la que nos han servido era la última de la bodega. Muy mal, y fallo bastante grave el de Icho, que nos hace –mal- pensar que nos han colocado esa última botella obedeciendo a su interés, y no al nuestro. Debemos conformarnos con un Palacio de Bornos de Rueda, que, por conocido y pese a su calidad contrastada, nos desilusiona un poco después de la gran impresión causada por el Mengoba. Eso sí, nos sirven ambos vinos a buena temperatura, en perfectas condiciones de conservación, y nuestra pendiente camarera nos los irá reponiendo adecuadamente.

Como primer aperitivo, un sushi de salmón realmente delicioso, fresco, soberbio.


Sigue una tapita de jamón de guayo con tomate cherry relleno, de sabor sorprendente.


Empieza muy bien el menú de Icho. El primer plato es un tartar de vieira con aguacate, huevas de bacalao y salsa de cítricos, fresco, bien marinado y mejor presentado, tan conseguido que se aprecian en el mismo plano todos y cada uno de los ingredientes y el espléndido resultado del combinado. Un plato bien pensado.


A continuación nos sirven un clásico de la casa, Onsen-Tamago, cangrejo de cáscara blanda con huevo cocido a baja temperatura. Medio cangrejo acompañado por una sopa de algas, en la cual flota el huevo.


Coincidimos en que la sopa resulta un poco salada y muy fuerte de sabor, pero queda genialmente suavizada al aplastar el huevo; el cangrejo, perfectamente cocinado, no consigue el aplauso unánime por parte de todos nosotros; el plato exige ser consumido al completo, y las agallas del crustáceo no son del gusto de todo el mundo. Hay divergencia de opiniones, ya que a algunos nos entusiasma, y a otros no tanto. Pero quede claro que el plato es excelente y sólo la subjetividad de nuestros diferentes paladares hace que obtenga diferentes notas.

Sigue algo que promete más de lo que ofrece: cherna al polvo de miso, navaja, berberechos, erizos de mar y puré de guisantes. Siendo la cherna un pescado poco conocido en nuestro país, y constituyéndose en novedad para algunos de nosotros, despierta gran expectación, pero nuestras ilusiones se ven un poco frustradas en tanto la cocción del pescado lo ha dejado poco gustoso, y el plato queda dominado absolutamente por el sabor de los guisantes.


Evidentemente, es una consecuencia del punto semicrudo con que se ha elaborado el puré, que desequilibra el conjunto, aún así y todo, valoramos el sabor que transpiran los fresquísimos componentes del plato, y aunque el resultado no nos parece acertado, no podemos menos que valorar la inventiva del maestro Tan.

Entre muchas dudas de nuestra camarera, llega el último plato, que nos presenta como pato. ¿PATO? En la carta se ofrecía ternera, y tiene aspecto y olor de ternera, así que disipamos nuestras dudas con el primer mordisco. Es ternera, de la buena, y tratada excelentemente. Deliciosamente cocinada al punto, tierna, sin que sangre en el plato, y permitiéndonos experimentar las sensaciones que provoca una pieza de bovino de primera clase bien tratada por manos expertas. Acompañada de puré de patatas satoimo –que no son patatas, sino la raíz de un tubérculo llamado taro- y pera japonesa, recupera el nivel que la cherna había hecho descender.


Emma ha renunciado a la carne, y, aunque no se le ha puesto ningún tipo de problema en sustituirlo por algún pescado, le traen un tartar de atún con pesto de rúcula, crema de tofu y un toque de wasabi, que a todos nos parece maravilloso, menos a ella, dado que posiblemente el atún crudo es la última opción en la gama de los pescados para reemplazarle un plato de carne a alguien a quien no le gusta demasiado la carne.


Es algo criticable la poca vista del local, pero lo cierto es que el tartar es espectacular, y lo que no consigue tragar Emma, es saboreado y deglutido con entusiasmo por el resto de la mesa.

Como prepostre, tarta de manzana con helado de canela, delicioso.


Y como colofón de la cena, un brownie de chocolate con sorbete de almendra, sopa de frambuesas, una pizca tanto de las primeras como de las segundas, y un toque de praliné helado, que merece todo tipo de elogios por parte de la mesa.


Gran postre, justo de dulzor, combinando magníficamente los sabores más elaborados con los naturales de las frutas del bosque.

El café resulta correcto y se acompaña de petit fours, que no nos presentan, y que tampoco nos agradan demasiado (destaca una piruleta excesivamente dulce y pringosa, que nos parece muy por debajo del nivel ofrecido en la comida), y la cuenta nos trae una sorpresa que, no por habitual, resulta menos desagradable. Se han vuelto a equivocar, cobrándonos doce euros de más, y van... Una vez realizado el ajuste, pagamos 80 euros por barba, algo que nos parece más o menos correcto. Dejando aparte el aura exótica de que se han hecho dueños este tipo de locales, y que ha conseguido atraer a guiris de buen bolsillo y un público nacional más dispuesto a dejarse ver que a disfrutar de la comida, nos parece que Icho es un gran local, que trabaja con materia prima de calidad superior y ofrece unas presentaciones en las cuales no se escatima el buen gusto. Un buen restaurante para aquellos que se atrevan –o que simplemente sean fans- con una cocina tan sabrosa como diferente a la nuestra.


Calidad/originalidad/presentación de los platos : 14/20
Profesionalidad/rapidez del servicio : 12/20
Confort (decoración, ambientación, temperatura...) : 14/20
Relación calidad/precio : 12/20
Valoración : 13/20

15/05/2010

Tribia (Masquefa, BCN)


Estrenamos esta primavera del 2010 visitando Tribia, el restaurante del wine resort Can Bonastre, en la vecina localidad de Masquefa. Esta antiquísima masía catalana ha experimentado en los últimos años una importante remodelación, convirtiendo el emplazamiento en un bello rincón de ocio, descanso y turismo enológico, donde la tranquilidad y la armonía dominan todo el conjunto. Seguramente una visita diurna permitiría apreciar el magnífico paraje donde se encuentra emplazado el centro, y cuanto cariño se ha empleado en remodelar Can Bonastre, pero, como lo nuestro es el ágape nocturno, nos tenemos que conformar con apreciar a la luz de la luna los amplios jardines y estanques que rodean los edificios, y, afortunada oportunidad la que nos brinda la noche, la acertada iluminación con que se culmina el conjunto. Una vez dentro, nos conducen a una sala de espera muy bien decorada, espaciosa y dotada de grandes sillones, colindante con una gemela destinada a los fumadores, y observamos y valoramos positivamente todos los detalles que hacen del conjunto en un lugar un lugar cálido y acogedor.
La entrada al comedor principal es realmente original. Un amplio arco, al que se ha dotado de una puerta corredera de cristal semiopaco, nos lleva a una sala donde se confirman las buenas sensaciones que hasta el momento nos ha producido Can Bonastre. Evidentemente, la estancia se debió utilizar en el pasado como bodega o cava; mantiene el techo en bóveda de obra vista, y se ha dotado de una decoración austera, pero elegante y cálida, con predominio de los tonos ocres y madera. Es muy amplia, y se ha realizado una excelente distribución del espacio, manteniendo el nivel de decibelios justo y una temperatura perfectamente ajustada. La gran mesa donde nos acomodan, con una distribución magnífica, se ha decorado con algunos cristales rojizos lanzados como al azar sobre la blanquísima mantelería de lino; la vajilla no solo resulta original, sino que debemos calificarla de preciosa, la cristalería, dentro del clasicismo de Riedel, no presenta estridencias pero consigue resultar moderna y diferente, y la cubertería es de lo más original, eso sí, el diseño extremo hace poco funcionales algunas de las piezas. Hasta las sillas resultan de una comodidad y ergonomía extrema. Y además, nos reciben con una copa de un excelente cava de la propia bodega. En resumen, la puesta en escena constituye un regalo para la vista y consigue impresionarnos.
Tenemos muchas y muy buenas referencias del chef que ejerce en Tribia, Victor Gómez. Pese a su extrema juventud, hace muchos años que enriquece su currículum ejerciendo en diversos restaurantes de gran nivel como Gaig, Hispania o Mugaritz (¡casi nada!), resulta un caso extremo de precocidad, y desde hace ya algún tiempo se ha hecho con la dirección de Tribia. Tanto Miquel como nuestro buen amigo Encantadísimo siguen la carrera del joven chef desde hace tiempo, así que esta vez jugamos sobre seguro, al menos en lo que a la cocina se refiere. Una cocina que intenta proporcionar máxima calidad, manteniéndose fiel a la cocina catalana tradicional, pero con su personal toque moderno y creativo, basándose en los productos naturales de la tierra y de temporada, y reinterpretando algunas recetas ancestrales.
El servicio es rápido, bastante atento, aunque muestra una alarmante falta de conocimiento y escasa capacidad de improvisación. Nos sorprenden negativamente anunciando que, al ser seis comensales deberemos optar entre el menú degustación ó el menú gastronómico, sin opción de elegir en la carta. Nos parece mal, muy mal, que al efectuar la reserva no nos hayan avisado de esta norma del local. Ante la falta de alternativas, nos interesamos por ambos menús; el primero consiste en cuatro platos y dos postres y es rápidamente desgranado por nuestra camarera; el segundo, consiste en siete platos y dos postres, con maridaje de vinos de producción propia, pero ante nuestra sorpresa, la camarera se niega a explicarnos que platos lo componen, alegando que se trata de un “menú sorpresa”. Aunque confiamos en el buen hacer del chef, no habernos informado previamente de la obligación de hacer menú a mesa completa nos ha molestado bastante, y, por supuesto, nos negamos a aceptar que nos sirvan un menú de 80 euros sin saber qué vamos a comer. Afirmándonos en lo que creemos una postura tan inflexible como, creemos, justificada, la camarera no tiene más remedio que claudicar (previa consulta a la dirección) y explicarnos la composición del menú gastronómico. Con ciertas reservas ante algunos platos, pero en medio de una resignada aceptación general, damos nuestra conformidad.


Durante toda la cena nos irán sirviendo un rico aceite virgen de oliva arbequina Na Joana, de producción propia, acompañado de sal Maldon al cabernet sauvignon, de un bonito tono rosado y mejor sabor, lo que nos inducirá a consumir muchas piezas de un excelente pan. Este se sirve en variedades blanco, de nueces, cebolla y tomate, agradándonos especialmente el último. El primer entrante son unas rebanaditas de pan al vino con quesos tupi, de cabra e idiazábal. Ligero y muy sabroso. El segundo entrante es un espléndido tataki de salmón con pepino y tomate, delicioso, acertadísimo.

Todo ello regado con un vino blanco, combinación de xarel.lo en un 60% y cabernet sauvignon el resto, muy adecuado para los entrantes y el primer plato.

Este consiste en bacalao marinado al vino tinto, correcto, sin nada especialmente resaltable.

Sigue foie con pipas, nube de azúcar, mostaza y emulsión de vino dulce, muy bueno y que aporta un primer toque personal, tanto por la presentación como por el resultado final, uno de los platos que más nos van a gustar. Continuamos con un clásico, una espléndida viera acompañada de crema de garbanzos, jamón y daditos de patata, fresca y bien lograda,

y el maridaje sigue siendo acertado, ya que el blanco se sustituye por un rosado con base de syrah finalizado con algo de pinot noir, muy fresco, equilibrado, carnoso en boca y pleno de matices de frutas rojas, que realmente nos encanta.

A partir de ese momento, empieza una sucesión de errores en el maridaje que no se corresponden con la categoría del local. El siguiente plato es un magret de pato con melón y rúcula.
Inteligente y sabrosa combinación, consigue un sabor que perdura en la boca largo rato, pero el magret está algo duro y el fuerte sabor del ave no marida en absoluto con el vino rosado que estamos tomando. El quinto plato vuelve a los sabores marineros, se trata de una merluza con parmentier de patata y guisantes del Maresme.
Muy mediterráneo, fresco, muy gustoso, pero nos sorprenden sustituyendo el vino rosado por un tinto crianza elaborado a base de merlot, syrah y cabernet, áspero, duro y astringente, que si acaso podría combinar con un plato de caza, o algún otro tipo de carne de sabor fuerte, pero nunca con la delicada merluza. Llega un crujiente de cochinillo con naranja anisada, delicioso, espectacular, lleno de matices y que nos encanta a todos.
Quizás el mejor plato, pero que sigue sin acompañarse por el caldo que merece, ya que el crianza que nos han servido resulta excesivamente potente hasta para el cochinillo. Nuestra camarera parece darse cuenta de que algo no va bien y nos ofrece cambiar el vino anterior por un Nara 2006, tinto de crianza elaborado a base de cabernet y un 15% de merlot, vino amplio, goloso y bien estructurado, y, éste sí, resulta el caldo adecuado para acompañar el rico lechón. Se culmina el ágape con un cordero con ajo y miel,

que llega a mesa algo frío, y resulta un poco seco y con exceso de grasa. A alguien se le ocurre probar de nuevo el primer tinto, y, como éste se ha abierto bastante, dada su fortaleza, nos parece el vino adecuado para este último plato. Mal, muy mal el maridaje realizado, y peor aún al tratarse de un establecimiento que se nutre de sus propios caldos y al que se le supone cierta especialización en el tema.

Los postres son excelentes. Nos sirven un buen helado de amaretto con yogur de almendra que sólo podemos calificar de delicioso: cremoso, equilibrado, sin que el dulzor sea excesivo.

Después, crema de vainilla con manzana y avellanas, también sensacional.
Cabe destacar que el vino elegido para los postres vuelve al buen camino del principio, se trata de un Erumir, con base de macabeo, sauvignon blanco y algo de riesling, muy fresco y equilibrado, que combina decididamente bien y realza el sabor de ambos postres. Muy bien en este apartado final Tribia.

Tomamos un buen café, acompañado de petit fours, que no nos presentan, y no dejamos de notar la ausencia total de servicio en todo el comedor. Largo rato después de terminar el café, aparece alguien a quién solicitar la cuenta, y, aún mucho mas tarde, nos traen la misma. Asciende a 86 euros y, aunque el nivel de la cocina y el magnífico local justifican el precio, éste mantiene una distancia injustificable respecto al servicio justito, al regular maridaje con que nos han obsequiado, y, sobre todo con ciertos detalles desagradables como no informarnos previamente de la obligatoriedad de hacer menú degustación o no querernos detallar éste. Con este precio, se han de cuidar todos los detalles, se hace obligada una cierta flexibilidad, y, sobre todo, se ha de mostrar algo de respeto por el gusto del cliente, cosa que no hemos apreciado en momentos puntuales. Gran local, buenas materias primas, originales presentaciones y mucho ingenio y calidad en la cocina, pero sólo con eso no se compensan los graves errores cometidos. Si algún lector curioso quiere probar, igual su suerte es diferente a la nuestra, pero a nosotros nos ha bastado con esta experiencia, y, volveremos a degustar la buena cocina de Victor Gómez cuando abandone los fogones de Can Bonastre.


Calidad/originalidad/presentación de los platos : 13/20
Profesionalidad/rapidez del servicio : 7/20
Confort (decoración, ambientación, temperatura...) : 14/20
Relación calidad/precio : 10/20
Valoración : 11/20

12/04/2010

Embat


En este mes de Marzo nos desplazamos de nuevo al Eixample barcelonés para degustar las delicias que promete Embat (C/Mallorca, 304), una visita que ya hemos postergado en demasiadas ocasiones, y que, por lo pronto, debería quedar justificada por los bajos precios que sabemos fija el restaurante -perfectos para ayudarnos a sobrellevar la crisis que a todos nos ha alcanzado-, precios que parece se han compaginado sin problemas con una cocina moderna, enorme e imaginativa. Anticipando la visita, investigamos un poco sobre Embat en la prensa profesional, y encontramos un término que se repite a la hora de calificar el local, algo que llama la atención de simples aficionados como nosotros, la definición que los expertos hacen de Embat como un auténtico ejemplo de restaurante “bistronómico”- Y ¿qué significa esto, nos preguntamos? Buceando en la web, encontramos la descripción del término en cuestión, enfocada desde diferentes ángulos, pero siempre coincidentes en el fondo: Alta cocina urbana ofrecida a bajo precio, elaborada básicamente por una nueva generación de cocineros que se estrena, y que, en el lugar que ocupaban restaurantes de mayor formalidad y pedigrí, han encontrado en la atmósfera informal de los bistrots el foro idóneo para ejercitar su creatividad con toda libertad, en un entorno que promueve la rentabilidad y accesibilidad para el cliente. Bistronomía puede verse como la suma de bistrot + economía o bistrot + gastronomía (sic). Los bistronómicos son restaurantes enérgicos, de pequeño tamaño, con una mínima cantidad de empleados, jóvenes como quienes los regentan, pero con una cocina muy seria, servicio adecuado, y todo ello encuadrado en un ambiente dinámico, donde la rapidez de ejecución y servicio marcan el ritmo del establecimiento. Y una vez nuestra curiosidad queda satisfecha, estamos de acuerdo en que locales como Embat encajan completamente en esta definición.
Efectivamente, ejercen aquí dos jóvenes cocineros que compartieron fogones, ideas e ilusiones en Espai Sucre, Santi Rebés y Fidel Puig, y que hace algo más de dos años decidieron dar forma a su propio proyecto en este pequeño restaurante. Trabajan solos en una pequeñísima cocina, lo cual constituye un mérito añadido. Cabe decir que el local donde han dado forma a su sueño se ha mantenido sin apenas modificaciones, haciendo gala de una decoración sencilla y sin artificiosidades, conservando su barra, los azulejos retro en las paredes y pintado en blanco. Como corresponde a su condición de bistronómico, Embat es un local pequeño, donde no cabe ningún tipo de alarde y en el que cubertería, mantelería, vajilla y cristalería no intentan demostrar nada, pero en suma, todo resulta correcto. En su debe, notamos que la calefacción está muy por debajo de lo que se necesita en esta época del año, con lo que cada vez que se abre la puerta del restaurante nos recorre un escalofrío, y, aunque esto no sea achacable a los actuales propietarios del restaurante, molesta un poco el tremendo ruido que domina el local y dificulta la conversación.

El servicio es atento, bastante rápido, y conocedor de lo que se llevan entre manos. Busca establecer -con bastante éxito- una empatía con el cliente, haciendo gala de una enorme simpatía y presentando bien cada uno de los platos. Muestra poca flexibilidad cuando, al decantarnos por uno de los menús degustación, no se avienen a sustituir uno de los platos para toda la mesa, pero, como no debemos olvidar el tipo de local que visitamos ni los precios que fijan, podemos obviar este pequeño detalle y decir que aprueba.

Nos traen una carta corta y modesta, que en apariencia podría ser de bar, con unos pocos platos a cual más tentador ofrecidos a buenos precios. Sólo cinco entrantes y carnes, tres pescados y cuatro postres, pero es casi un milagro que en un espacio tan reducido y con tan poco personal, puedan ofrecer esa variedad. La carta, como decimos, presenta algunos platos de toda la vida, transpirando en el fondo el aroma de la buena cocina mediterránea, y, sobre todo, la firma personalísima de los chefs. Ofertan dos menús degustación a 32 y 40 euros, cuya diferencia consiste en insertar un entrante más. Nos decantamos por el segundo. La carta de vinos ofrece una cincuentena de referencias, la mayoría de ellas poco conocidas, a precios que nos parecen muy ajustados. Bien aconsejados por nuestro camarero, nos decidimos a probar un Trascampanas, blanco de Rueda elaborado 100% a base de verdejo, que resulta un vino fresco, goloso, muy floral, afrutado, sorprendente y excelente, para continuar con un Anxo Martí de Rías Baixas (elaborado con la inevitable base de albariño, pero que añade otras variedades menos conocidas como loureira y caíño), perfecto representante de los vinos de esa zona, que no desmerece al anterior. Ambas botellas llegan en perfectas condiciones y la temperatura de servicio es correcta, lo cual agradecemos, por lo raro que viene resultando. En cuanto al pan, nos presentan una variedad de pipas y otra de pan blanco, muy buenos ambos.

Nos sirven como primer aperitivo tostaditas con parmesano y cominos, correctas, y una cuajada con coliflor, caviar, anchoa, jengibre y limón. De textura agradable, nos parece que el sabor de la coliflor predomina sobre el resto, impidiendo captar el resto de matices. Aperitivos que simplemente cumplen y no anticipan lo que vendrá después.

Comenzamos con una vieira con anguila ahumada, patata y limón, plato conseguidísimo, fresca vieira acompañada con un casi líquido puré de patata, donde cada tropezón de anguila deja impregnado el paladar con el agradable sabor del pescado ahumado, con un punto de picante, un muy buen entrante para empezar.

El primer bocado del siguiente plato nos arranca exclamaciones de entusiasmo; se trata de un canelón trufado de pato, excelente, maravilloso, en el cual se perciben perfectamente los tonos del vinagre de la salsa, bien decorado con un poco de rúcula, y que consigue que en nuestros paladares perduren durante largo rato los ricos sabores de la trufa. Un plato de altísima cocina por el que debemos felicitar a Embat.

Como tercer plato, morro de bacalao acompañado de cansalada de cuello, puré de chirivía y un tártar de tubérculos. La calidad del bacalao queda fuera de duda, bien desalado, fresquísimo, meloso.

Acertado y refrescante el acompañamiento, tanto el puré como el tártar, lástima que el enorme trozo de cansalada con que se sirve desmerece algo y, para nuestro gusto, lo convierte en un plato un poco por debajo del excelente nivel de los dos anteriores. Prueba de ello son los enormes pedazos de cansalada que, sin acuerdo común, todos dejamos en los platos. Se concluye con espaldita de cordero con habitas y queso ahumado, donde se ofrece una porción de cordero perfectamente cocinada, muy sabrosa, al que sólo recomendaríamos disminuir la cantidad de queso, ya que su fuerte sabor acaba haciéndolo algo pesado y saturando el paladar, impidiendo paladear como merecen los últimos bocados de carne.

El postre del menú es un pan de “pessic” de café con albaricoque y vainilla.

Excelente presentación, con un pan de “pessic” negro donde se perciben claramente los aromas a café, complementado con una fina crema de vainilla y una muy buena confitura de albaricoque, no excesivamente dulzona. Como no podía ser de otra manera tratándose de dos chefs formados en Espai sucre, resulta una buena combinación y un buen resultado final, que nos deja a todos satisfechos.

Degustamos un café correcto mientras comentamos lo mucho y bueno que ofrece Embat. Unas materias primas de primera calidad, combinadas con una cocina de gran calidad, original, joven, y en algunos momentos atrevida, y que acaba con una magnífica presentación en plato, donde no se escatima la cantidad ni falta el equilibrio en las composiciones. La cuenta asciende a 50 euros, que nos parece un precio más que ajustado para lo que nos han ofrecido. Aunque ya lleva más tiempo deleitando paladares, no recuerda mucho a Libentia, que tan buen recuerdo nos dejó el mes anterior, y nos parece un lugar de obligada visita para degustar cocina de alto nivel a un precio más que razonable.

Calidad/originalidad/presentación de los platos : 14/20
Profesionalidad/rapidez del servicio : 10/20
Confort (decoración, ambientación, temperatura...) : 8/20
Relación calidad/precio : 15/20
Valoración : 12/20

22/03/2010

Libentia


La aparición de una nueva estrella en el firmamento gastronómico barcelonés ha despertado nuestra curiosidad; en muy pocos días nos han llegado noticias y más noticias de que un nuevo local con inmejorables referencias ha echado a andar, y las críticas no pueden ser mejores, así que decidimos comprobarlo por nosotros mismos. Se trata de Libentia (C/Córcega, 537), un interesante experimento que nace de la iniciativa de los jóvenes cocineros Jaime Tejedor, Dídac Moltó y Sergi Ferrer, bien apoyados por Chema Alpuente. Todos ellos con una sólida experiencia adquirida y forjada en locales de tanto nombre como Alkimia, Drolma, Manairó, Saüc, o el mismo Bulli, y cuya carrera ya se ha visto reconocida con un premio a mejor Cocinero revelación del 2010.

Se muestra Libentia como un restaurante pequeño, tubular y algo estrecho; estos jóvenes restauradores han ubicado su proyecto en el local que ocupaba Ot, precursor de los restaurantes de tal estética. También igual que su antecesor, resulta algo ruidoso en caso de lleno, algo que parece está siendo habitual desde su apertura. No se ha pretendido encajar un mayor número de comensales de lo que el espacio permite, de modo que, pese a las reducidas dimensiones, una buena distribución de las mesas contribuye a la sensación de comodidad. De decoración minimalista, poco llamativa y con dominio de los tonos blancos y grises en paredes y techos, resulta algo frío. Quizás como compensación, la calefacción está algo más alta de lo que nos gustaría a todos, pero sin que llegue a constituir una molestia. La iluminación es la correcta, sin pretensiones de crear ningún tipo de ambiente en especial.

En la misma línea de sobriedad, apenas llama la atención una buena cristalería de Riedel, la vajilla, la cubertería ni la mantelería, todo correcto y sin estridencias.

Tardan un poco en preguntarnos si deseamos una copa, y más aún, en traernos las cartas. Nos queda la paradójica sensación de que, aún pese a ir un tanto acelerado, el servicio se muestra insuficiente. Posiblemente una persona más en la sala no estaría de más, pero entendemos que, ante los precios que el restaurante fija, es consecuente que aparezca una flaqueza en este punto. En el conjunto global, debemos entender que esta carencia queda compensada con otros aspectos muy positivos del restaurante, como la extrema amabilidad y profesionalidad de Chema Alpuente, el cual nos muestra sus conocimientos aconsejándonos y guiándonos en la elección del vino.

Para nuestro gusto, la carta presenta cosas buenas y malas. Buena variedad de primeros, una corta, pero excelente selección de pescados, y algo menos acertada la oferta de carnes. Sólo cuatro platos, con una base de ingredientes cuanto menos curiosa, mollejas, cuello de cordero, pies de cerdo y cochinillo. Seguramente no del agrado de todos los públicos, extrañamos en la oferta alguna composición más clásica, y sólo el cochinillo despierta el interés de Josep. Los precios parecen casi del nivel de otros restaurantes, pero, ojo, ya tienen incluido el IVA, de modo que al final resultan bastante inferiores de lo que la primera impresión induce. Mención aparte merece la oferta de vinos, a precios escandalosamente bajos (Gracias, Libentia), donde se anuncia -y se cumple- que sólo se cargan 3,45 euros por el descorche. La carta es corta, con una mayoría de referencias que nos resultan desconocidas, y, con el hándicap de que casi una tercera parte de la oferta no está disponible. Nos explican que están renovando la bodega y nos ofrecen tres alternativas interesantes, que, aunque nos dejan la duda del precio, al final resultará en la línea de los mostrados en carta. Bien aconsejados, probamos un 12 Lunas de Somontano, un interesante blanco a base de chardonnay y gewürztraminer, poco común y que deja extrañas sensaciones en boca, muy suave al principio y tremendamente contundente al final, pero que nos gusta. Interesante. La segunda botella será un Macizo, blanco de Catalunya, y en ella la presencia pronunciada de xarelo le otorga un aire mucho más común y amigable. Eso sí, aunque las condiciones de sabor y conservación son las correctas, los vinos llegan otra vez a temperatura inadecuada, y la cubitera tarda muchísimo en llegar, fruto de la falta de servicio ya reseñada.

Nos sirven como aperitivo un rico chupito de Gin Tonic, con granada, fruta de la pasión y berberecho. Refrescante, amargo a la vez que dulce, muy sabroso y bien logrado.

El pan, del conocido Forn Trinitat, es tipo focaccia, muy rico, y es repuesto una y otra vez sin que nos cansemos de él.
Hay bastante unanimidad en la elección de los primeros, pese a la amplia oferta, y pedimos vieras asadas y raviolis rellenos de txangurro.

La calidad de la materia prima está fuera de duda, y no podemos dejar de destacar la soberbia culminación de los raviolis. Servidos en cantidad adecuada, complementados con hojas de fresca rúcula, piñones y una fina sopa de marisco.

Aunque el fuerte sabor de la rúcula quizás no sea el más adecuado para complementar tan delicado plato, por sí solo justifica la visita. Nos sirven las vieiras con una abundante ración de papada, emulsión de garbanzos e infusión de tomillo. Plato algo desequilibrado, donde el gran trozo de papada hace bajar el tono general, y que nos parece algo mejorable.

En cuanto a los segundos, no existe la misma unanimidad en la elección, y probamos un buen número de las referencias que nos ofrece la carta. El morro de bacalao con lentejas, “camagrocs” y butifarra de perol, resulta correcto.

Lo mismo podemos decir del pescado de lonja –que resulta ser lubina- con ragout de navajas, setas y frutos secos.

Buena combinación, mejores ingredientes, pero ambos platos poco sorprendentes. Mejora mucho el suquet de rape, acompañando el excelente pescado una deliciosa combinación de chalotas y tupinambo. Jugoso rape, al que, aunque nos parece que le faltan unos minutos de horno, se ha logrado que su sabor destaque en el conjunto, acompañado y no dominado por el jugo y la guarnición.

Donde ya se rompe la línea del notable para pasar al excelente es con la ventresca de atún, servida con un tatín de melocotón, cebollas y olivas, y culminada con caldo de carne. Excelente ventresca, tierna, deliciosa, casi fundiéndose en boca, y grandiosa la combinación ideada por el chef.

Pero, sin lugar a dudas, el plato que nos merece un diez es la terrina de cochinillo con cítricos, manzana y calabaza, y algunos nos arrepentimos de habernos dejado tentar por la oferta marina. Absolutamente logrado, crujiente por fuera y meloso por dentro, pleno de sabor y texturas, y con una bonita presentación. Enhorabuena.

Dado que la oferta de postres es limitada, pedimos lemon pie, suizos y el babá. El dominio del azúcar de Sergi Ferrer se hace evidente, no tanto en los suizos, que resultan sabrosos, pero nada sorprendentes, como en los otros dos postres. Llega el babá magníficamente presentado, modelando la crema una especie de estrella, reposando sobre bizcocho, y acompañado de pasas, caipirinha, helado de coco y un toque final de espuma de naranja, soberbio, el remate perfecto a una buena cena.

El lemon pie resulta ser una curiosa combinación de merengue, crema de limón, caipirinha y perlas de piel de limón, que configuran un postre original y refrescante. También excelente, y por el que solo cabe felicitar a Ferrer.

No se ofrecen petit fours y los cafés cumplen. La cuenta asciende a 58 euros, algo que contribuye a la buena impresión que nos deja Libentia. Es de agradecer el esfuerzo realizado para ajustar los precios, ofreciendo a cambio una cocina urbana, creativa, fresca y moderna, que ya se está catalogando como “Joven”. Como ya nos ha pasado en alguna ocasión, las expectativas eran algo superiores a lo que se nos ha ofrecido, pero no dejamos de advertir a gastrónomos curiosos que, hoy por hoy, encontrarán pocos lugares en la Ciudad Condal donde puedan degustar alta cocina a precios tan ajustados. Creemos que, en breve, Libentia se consolidará en el panorama gastronómico de nuestra Ciudad Condal como un nuevo referente, los animamos a seguir así, y no descartamos una segunda visita para comprobar la previsible evolución positiva del local.

Calidad/originalidad/presentación de los platos : 14/20
Profesionalidad/rapidez del servicio : 11/20
Confort (decoración, ambientación, temperatura...) : 11/20
Relación calidad/precio : 16/20
Valoración : 13/20

08/02/2010

Follia (St. Joan Despí)


Para empezar bien este año 2010 visitamos Follia, un hermoso espacio regentado por Jo Baixas, ubicado en la vecina localidad de Sant Joan Despí (C/Creu de Muntaner, 17). Las primeras sensaciones positivas se dan por la facilidad de acceso al restaurante, bien indicado en la calle, ocupando un enorme solar que se ha distribuido sabiamente entre el propio edificio del restaurante, los jardines anexos al mismo –que lástima que nuestros encuentros sean nocturnos, ya que las cristaleras adyacentes nos insinúan unas bonitas vistas de los mismos-, y un siempre agradecido parking.

El restaurante resulta de una comodidad extrema, es realmente hermoso y muestra una serie de detalles singulares. Entrando, la cocina se muestra abierta del todo, como un gran escenario donde Baixas y su equipo ejecutan el mágico espectáculo que finalizará en nuestros estómagos. A la derecha hay un pequeño y acogedor bar donde se puede disfrutar de un aperitivo mientras se descubren los detalles de la decoración, y, pasando al comedor, se alinean siete u ocho mesas redondas al lado de un gran ventanal. Sabemos, aunque no lo vimos, que en el piso superior dispone de un gran comedor para grupos de hasta 40 comensales. Una difusa luz ambiental, combinada con los tonos tostados de suelo y paredes, y la amplitud y apertura de la sala, nos provoca una intensa sensación de intimidad y placidez, una sensación de querer sentarnos cuanto antes para disfrutar de cada detalle, de escudriñar a través de los ventanales para ver que sorpresas se esconden fuera, de querer adivinar todos y cada uno de los detalles que adivinamos escondidos en la penumbra reinante. Aún nos estamos acomodando en nuestras sillas cuando el foco de luz sobre nuestra mesa aumenta de intensidad y nos proporciona la iluminación adecuada. Fantástico detalle, como la enorme roca que, a modo de inmóvil convidado, se ha situado junto a cada mesa, constituyendo un elemento decorativo original y elegante.

Pese a que somos los primeros comensales, la calidez del local penetra, y la perfecta temperatura ayuda. Mientras disfrutamos de una copa de cava observamos la fina mantelería de lino ocre, a tono con el resto del local, la cristalería de Riedel, y unas originales vajilla y cubertería.

Destacaremos la carta de vinos, presentada en forma de dos abanicos, que ofrece una enorme cantidad de referencias y no ahorra detalles sobre todas y cada una de ellas (unos 150 tintos y más de 40 blancos que completan una gran oferta tanto de caldos ibéricos, como de muchos otros procedentes de zonas productoras de todo el orbe). Original y completísima, y a precios razonables. Pedimos un José Pariente, que en esta ocasión si llegó a su temperatura de servicio. Muy bien. Nos ofrecen pan blanco ó de nueces y olivas negras, correcto pero no especialmente reseñable.

El servicio nos pareció correcto y profesional, aclarándonos al momento cuantas dudas nos surgieron. Muy amable, pero manteniendo la necesaria distancia en todo momento, sin agobiar. Consigue que la reposición de la bebida se haga de forma que resultan invisibles, lo cual demuestra su buen nivel de preparación y atención.

Nos sirven como primer entrante un pequeño helado de sardina con oliva verde, quizás de sabor un poco extremo para algunos paladares, pero que a todos nosotros nos encantó, y una coca con crema de roquefort, granada y reducción de oporto, igual de lograda.


Originales, sabrosos, arriesgados entrantes donde la combinación de dulce y salado consigue un gran resultado, tanto visual como en la boca. Continuamos con un mil hojas de carpaccio de ternera, manchego y picada de verduras sobre pasta. Pese a que la bonita presentación del plato y el riesgo asumido por el chef también nos merecen buena nota, todos coincidimos en que el sabor del queso predomina excesivamente sobre el conjunto, y no concluye en un bocado equilibrado. Loable de todas formas la inventiva de Baixas.


Se ofrece una carta ajustada, pero tentadora. Media docena de primeros, otras tantas carnes y los mismos pescados. Se ofrece, además, la posibilidad de solicitar a buen precio un primero a base de tres o cuatro platillos compuestos por referencias comunes a la carta y otras propias, y un completísimo menú de setas con posibilidad de maridaje de vinos, a 60 ó 78 euros. No hay consenso en cuanto al menú, así que nos inclinamos por la carta, donde, esta vez sí, la coincidencia en los primeros es notable, dos arroces de setas con tortilla de all i oli, y dos de huevos fritos con garotas (erizos de mar), patatas y bacon. El arroz resulta excelente, la cocción es la adecuada y la tortilla apenas perfuma el conjunto; realmente constituye un plato sensacional.


Los huevos, en cambio, nos parece presentan bastantes deficiencias, la presentación es espectacular, pero el sabor de las garotas apenas se percibe y el caldo de bacon queda totalmente absorbido y difuminado por la (abundante) patata, que, en nuestra opinión, se ha adueñado del conjunto y lo convierte en un plato pesado.


Como segundos, pedimos hamburguesa de avestruz, bien guarnecida con foie, shitake, queso y mostaza


morro de bacalao con sobrasada y cabello de ángel


y una inusual oferta, filete de esturión con coco rallado, piña y plátano, presentado con verduritas y una espuma de coco.


Todos los platos llegan por debajo de la temperatura de servicio -primer error-, y -segundo error-, ante nuestras quejas, intentan justificar el fallo. Creemos que cualquier restaurante de nivel debe limitarse a atender el gusto del cliente, y que las explicaciones (¿bacalao confitado a 60 ºC?), no justifican en modo alguno la sensación de alimento frío en boca. Éste es un fallo que no debería producirse de ningún modo. Obviando este accidente, el bacalao resulta correcto, sin sorpresas, el bocado de avestruz, como era de esperar, de sabor pronunciado, bueno, en su punto, pero sin que tampoco nos haga sonar campanillas en el paladar. Nos sorprende algo más el esturión, en el que se ha conservado el fuerte sabor del pez, y que se ha combinado maravillosamente con el acompañamiento. Gran presentación y gran plato éste último.

Nos sirven como prepostre una gelatina de pomelo con menta y hojas de menta escarchadas, que no nos ilusiona especialmente. Resulta repetitivo en boca y algo aburrido. En cuanto a los postres, se combinan grandes aciertos con resultados más normalitos. Alucinante el mascarpone con sorbete de mandarina y fresas, un postre fresco, delicioso, cuya presentación se queda muy corta ante la realidad. El punto de amaretto, que no se menciona en la carta, le hace merecer la calificación de postre perfecto. Es obligado probarlo.


También muy bueno el postre de tres chocolates – soufflé, con leche, y negro tibio- bien presentado, rebosante de texturas y que hace las delicias de la mesa.


La recomendación del camarero –chocolate con Mamia y eucaliptus- no consigue arrancar ninguna expresión admirativa, y nos parece hasta un poco aburrido en el paladar.


Los petit fours cumplen; una original crema de regaliz servida en cuchara, y unas barritas de pasta de hojaldre al cacao preceden a unos cafés correctos.


La cuenta asciende a 68 euros por barba, precio que nos parece muy acorde a lo ofrecido, y prolongamos la sobremesa sin apremios de ningún tipo. Todo ello contribuye a la buena impresión que nos causa Follia, aunque nos ha resultado curioso que las opiniones sobre el restaurante encontradas en la web prometían más de lo que nos hemos encontrado. Gran local, buen servicio, buen producto, y una cocina que se muestra falta de chispa en algunas preparaciones, pero que calificamos de muy correcta. No para repetir cenote, pero nos atrevemos a recomendar una visita para contrastar por uno mismo las muchas virtudes de Follia.


Calidad/originalidad/presentación de los platos : 12/20
Profesionalidad/rapidez del servicio : 12/20
Confort (decoración, ambientación, temperatura...) : 15/20
Relación calidad/precio : 13/20
Valoración : 13/20