
Llega Junio y nuestros pasos nos encaminan a Valuart (Calle Tuset, nº3), restaurante situado en la parte alta de la Ciudad Condal, y del cual parece que podemos esperar bastante. Casi todos llegamos temprano, aparcamos bien (dentro de las posibilidades que ofrece esta población de peaje en que se ha convertido Barcelona) y mientras accedemos al local nos encontramos con el coche de Josep y Anna, que llegan los últimos confiando en el anunciado servicio de aparcacoches, pero éste brilla por su ausencia, y sólo tras esperar un largo rato con las ruedas encima de la acera, aparece alguien que los acompaña hasta un parking cercano.
Valuart se presenta como un multiespacio compuesto por una moderna zona de copas y una sala que sirve tanto como discoteca como para albergar el restaurante. Es uno de esos productos híbridos fruto de los tiempos actuales, en los cuales se ha intentado añadir un restaurante de cierto nivel a un local pensado para ofrecer diversión al más puro estilo adolescente. Aunque para ser justos, creemos que esta segunda es la finalidad real del local, y lo de la restauración es un añadido posterior. En la planta superior se ubica la coctelería; el restaurante, al cual se accede descendiendo una breve escalera, se muestra como un salón de buenas dimensiones, claramente diseñado para otros fines que no son el disfrutar de un buen comida; resulta oscuro, en realidad decorado y pintado de negro, lleno de espejos, y con las mesas dispuestas de forma un tanto descuidada. Los manteles negros y las sillas del mismo color no contribuyen precisamente a dotar de alegría a la sala, y todo junto transpira un aire en exceso barroco. Tampoco nos parece que se haya acertado con la iluminación. Escasa, mal distribuida y mayoritariamente procedente de lámparas tipo ojo de pez que han visto tiempos mejores que los actuales. Y aunque no influye en nuestra apreciación del local, cabe señalar como anécdota que hasta los lavabos están alicatados con azulejos negros, decorados con unas enormes cómodas negras, e incluso los inodoros son del mismo color. El ruido no constituye una molestia, ya que está prácticamente vacío, pero la música ambiental se encarga de sustituir esa carencia, y, a partir de las 23h, pese a seguir casi vacío, esa misma música se hace notar de modo un tanto molesto. Los cubiertos, la cristalería y la vajilla son normales, nada especial, pero cubren el expediente.
La carta, de diseño muy original, resulta muy completa, ofrece platos de complicada elaboración, con base de cocina catalana, muchos toques internacionales y multitud de detalles exclusivos de cocina francesa, y a priori se hace difícil la elección. No así la carta de vinos, que es muy corta -aunque a precios ajustados-, y más cuando nos avisan que faltan muchas de las variedades en ella ofertadas. Solicitamos un Terras Gauda de Rías Baixas, excelente vino, muy representativo de esa bella región gallega, en el cual se combinan en perfecta proporción albariño, loureiro y caiño blanco. Nos sirven la primera copa, y comprobamos con satisfacción que el vino ha llegado a mesa muy bien de temperatura y en perfectas condiciones de conservación.
El servicio es rápido, pero ahí acaban sus virtudes reseñables. No nos presentan los platos, así que no podemos valorar su nivel del conocimiento de lo que se llevan entre manos. Tampoco nos prestan demasiada atención, de tal modo que después de esa primera copa, debemos reponer el vino por nuestra cuenta. Y, desde luego, en ningún momento se muestra próximo ni especialmente simpático. Van por faena, y punto.
Como aperitivo nos sirven un quiche de espárragos con queso de oveja, que solo podemos definir como vulgar: poco logrado y algo pesado. Los primeros platos llegan con rapidez y la cosa empieza muy bien, ya que predomina la buena presentación en todos y cada uno de ellos y las cantidades resultan más que correctas. Sin embargo, la cocina presentará muchos altibajos; hay ideas, originalidad y se aprecian las materias primas de buena calidad, pero la mayoría de los platos carecen de esa chispa que distingue a los grandes chefs. Es justo destacar unos grandísimos canelones de pato y ceps, con suave salsa de foie y una acertada brunoise de manzana caramelizada.
Muy sabrosos y logrados, el mejor de los primeros, sin duda. Los raviolis de butifarra de perol con langostinos y cremoso de nécoras que habían despertado una enorme expectación, prometen más de lo que ofrecen; nos ha tentado a varios, pero nos desilusiona el escaso sabor que muestra el plato. Tampoco nos maravilla el arroz cremoso con ceps, cigalas y crujiente de parmesano.
Aunque el arroz está perfectamente cocinado y el olor que asciende el plato nos hace salivar, tampoco consigue convencernos, ya que no se ha logrado que la gramínea absorba tan ricos sabores, y nos parece un poco soso.
Los segundos siguen en la misma línea. Nos decantamos mayoritariamente por la oferta marina, morro de bacalao con parmentier de jabugo, ceps y espinacas salteadas a la catalana.
Nada excepcional, bien desalado el bacalao, pero predominando el sabor de las espinacas que se sobrepone al del jamón y los hongos. Rape con trompetas de la muerte, jugo de rustido y polvo de pistacho, y una bonita decoración en forma de pincelada de olivada al cacao.
El rape está algo crudo, y la combinación tampoco resulta demasiado acertada, vuelve a predominar el sabor del jugo sobre el conjunto y apenas se perciban el resto de matices. Normalito. Mucho mejor una sobreposición (¿?) de atún cocinado en sartén (poêle) con foie, salsa miso y una excelente reducción de vinagre balsámico.
Muy bien cocinado el atún, en su punto, y óptima combinación, el mejor segundo, sin duda.
La excepción a los pescados es Josep, que pide un solomillo de buey con gratín dauphinois, foie, ceps y reducción de Pedro Ximénez.
Tierna y jugosa la carne, muy sabroso y correcto en general.
Nos traen la carta de postres, y la larga lista de ingredientes que compone cada postre nos hace pensar que se han buscado complicadas y sabrosas combinaciones, pero, al final, como durante toda la cena, habrá un poco de todo. Resulta soberbio un sablée de cremoso de limón, merengue italiano, frutos rojos y sorbete de mango.
Buena combinación de dulce y ácido, que no resulta empalagoso en absoluto y nos gusta mucho. También resulta muy bueno un bizcocho con chocolate, cremoso de vainilla, yogur griego, sorbete de cítricos y un toque de violetas con baño brillante.
En cambio, el tocinillo de cielo con crumble de cacao y limón confitado, resulta dulce en exceso y pesado.
Mal resultado el obtenido con este último postre.
No hay petit fours y el café resulta simplemente correcto. Ante el anuncio de una inminente reconversión de la sala en discoteca, solicitamos la cuenta, y ésta resulta lo mejor de la noche, 54 euros por persona. A nuestro parecer, no es suficiente para que apruebe, pero mejora algo la impresión producida, ya que ese precio “casi” se corresponde con la cena con que nos acaban de obsequiar. Para completar una noche bastante frustrante, el camarero nos advierte en tono casi obsequioso que va a contar el dinero en la mesa, si no nos importa. Bueno, quizás una vez metamorfoseado en discoteca ese tipo de comportamiento sea necesario, pero nosotros sólo podemos calificarlo de deplorable para un restaurante que pretenda ostentar cierto nivel. Lo cierto es que de nuestra visita a Valuart solo podemos salvar dos o tres platos y el precio bastante ajustado, pero en ningún modo podemos recomendarlo a gastrónomos selectivos, ni a los simplemente curiosos. Sin llegar a espeluznante, sólo es uno de tantos restaurantes de Barcelona, y creemos que hay sitios donde, por un precio parecido, se puede disfrutar de una cocina más sabrosa, un mejor servicio, y, desde luego, un ambiente más adecuado para disfrutar de un buen ágape. Advertidos quedan.
Calidad/originalidad/presentación de los platos : 11/20
Profesionalidad/rapidez del servicio : 7/20
Confort (decoración, ambientación, temperatura...) : 5/20
Relación calidad/precio : 10/20
Valoración : 8/20


















































